Ignacio Bermúdez empezó en abril de 2017 con una tostadora prestada y ochenta kilos de hoja canchada comprada a un productor de Andresito, Misiones. Vendía en una feria de Villa Crespo los sábados, y con cada bolsa hacía la misma pregunta: a qué temperatura tomás el agua. Al mes ya no vendía yerba: vendía cortes distintos a cada cliente, anotados en un cuaderno.
El cuaderno se volvió una planilla, la planilla se volvió una lista de espera y en 2019 alquilamos el obrador de la calle Vera. La molienda a pedido —moler recién cuando alguien confirma— es la única razón por la que un servicio así tiene sentido: la yerba molida pierde aroma a las tres semanas, y una bolsa de góndola puede tener nueve meses de molida. La fecha que ponemos en la etiqueta es la de molienda, no la de vencimiento.
Hoy compramos a tres productores fijos y no rotamos por precio. Cuando el lote de Itapúa sube, el blend sube; cuando la cosecha correntina viene despareja, avisamos por mail antes del corte. En nueve años cambiamos de proveedor una sola vez, en 2021, cuando el productor de Santo Tomé vendió el campo.